EL PESO DE LOS CONTRARIOS

¿Puede uno desligar su vida de la sociedad en la que vive? Parecería que la respuesta es negativa, ¿verdad? Los seres humanos somos gregarios por naturaleza, no podemos vivir los unos sin los otros. Pero es una verdad profundamente humana que demasiado a menudo pasamos por alto. Casi todos nos hemos sentido solos en algún momento de nuestra vida: desconcertados, abandonados, traicionados, confusos, decepcionados. Casi todos hemos sucumbido al llanto del alma en lo más recóndito de nuestro ser cuando la vida y la gente que nos rodea, que es la que convierte la vida en algo digno de ser vivido, nos ha dado la espalda, nos ha escupido con su indiferencia y desprecio. ¡Qué ezquizofrenia absurda y insensata, que profunda ignorancia la nuestra! Somos capaces de odiar y de amar en la misma medida,  de necesitarnos y repudiarnos ferozmente, sin darnos cuenta que todos y cada uno de nuestros actos nos afecta a nosotros en nuestra individualidad pero también afecta a los otros. Las palabras y los actos siempre tienen consecuencias. Siempre. Dichos actos y consecuencias muchas veces no son aparentes ni visibles, se van depositando en el alma y pueden marchitarla o hacerla florecer a cada instante. Una palabra amable, un gesto bondadoso, una palabra de ánimo, una sonrisa sincera deberían fortalecernos y hacernos más llevadera la existencia a cada paso. Los otros, los extraños que nos rodean, que son casi todos, deberían ser nuestros hermanos. Y sin embargo, cuanto más peso tienen a menudo las palabras necias y hirientes, los insultos, los desprecios, las lanzas afiladas de los imbéciles que lo son por mor de sus propios actos y que con ellos se retratan, cuanto más daño hace siempre el odio que el amor aun cuando en la balanza aparentemente pesen lo mismo. Dicen, y no sé como se mide eso, que para cada acto negativo que nos aturde se necesitan diez actos positivos para contrarrestarlo. ¿Por qué el mal es siempre más pesado que el bien? ¿Por qué muchas veces un agravio de una persona, cercana o no, hace que los humanos olvidemos sus miles de palabras afectuosas, sus actos cariñosos y bondadosos para con nosotros?

Vuelvo al inicio: no podemos, ninguno de nosotros, desligar nuestros actos y palabras de la sociedad en la que vivimos, cada una de ellas afecta el tejido social de maneras, repito, muchas veces inaparentes. Es una lección que, poco a poco, día a día, voy interiorizando y que procuro que me haga más sabio, si es que esa palabra tiene algún sentido, puesto que no soy diferente de los que me rodean y a menudo caigo víctima de mi propia estupidez. Es una lección que ciertas personas mucho más sabias que yo me han ido enseñando sin ellas saberlo, en ocasiones, y que hacen que cada día intente ser mejor persona. Es una lección constante que me ha enseñado la profunda tristeza y alegría que se esconde en las páginas de la vida: que los seres humanos somos gregarios pero a la vez tribales, que nuestras pasiones son nuestra grandeza y a la vez nuestra tragedia. Que el odio se propaga como fuego silvestre en un día de verano con mucha mayor rapidez que el amor, que va a paso de tortuga, y que nuestro deber es el de intentar convertir a esta tortuga en un jaguar para beneficio de tota la humanidad, que somos yo y los otros. Y que quienes nos gobiernan son responsables, más que nadie, con sus actos y palabras, de luchar contra el fuego de la intolerancia, el racismo y el odio, en lugar de actuar como pirómanos disfrazados de bomberos. Y de eso, hablaré otro día.

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EL (ODIOSO) DON DE LA MUERTE, EL (TRÁGICO) REGALO DE LA VIDA.

El sábado pasado, hablando con una mujer, me mencionó un libro de Jacques Derrida del que no había oído hablar nunca. “El don de la muerte”, me dijo que se llamaba. Un título siniestro, sugestivo y provocativo al mismo tiempo, me dije. El título despertó, o más bien reavivó, de una manera difusa en aquel momento, sentimientos dispares e inquietantes que me han acompañado desde hace pocos años y a los que no había querido prestar mucha atención. Pasada la barrera de los cuarenta, y probablemente debido a un accidente que sufrí, unido a mi ateísmo y a una reevaluación de mi vida que he plasmado, de manera ineficaz e incompleta, como, desengañémonos, lo es toda exploración íntima y personal, en una novela autoficcional, han hecho que en mí esté siempre presente el pensamiento del envejecimiento y de la muerte. En la misma conversación, le dije a esta mujer y a un chico que estaba en la reunión, que era algo en lo que no me había detenido demasiado, por miedo. Miedo a que las cavilaciones sobre la muerte me llevasen por una senda colindante con la tristeza, a que produjesen en mí un vómito torrencial de muchas inquietudes y angustias que se esconden dentro de mí y a las que ahora mismo, como digo, creí en mi fuero interno que no era sano dedicarles atención. Sea como fuere, me he decidido a hacer una disquisición, necesariamente somera, de algunos aspectos relacionados con esta especie de obsesión que me acompaña desde hace unos años.

              ¿Puede considerarse la muerte como un don? Mucho se ha filosofado sobre la muerte, que algunos dicen que es uno de los dos únicos motores argumentales del arte, junto al amor. Que si es un proceso inevitable y necesario, que la vida no se entiende sin la muerte, que si esto, que si aquello. Todo, a mi juicio, son eso, pensamientos filosóficos que pueden ser estimulantes en el plano intelectual, pero que una vez cerrados los debates que aligeran el peso, la gravedad y la tragedia de la muerte, se dan de bruces con el pragmatismo de la realidad. Puesto que yo creo que la inmensa generalidad de los humanos tememos, incluso odiamos, la muerte. Síntoma de ello es la obsesión acuciante que en occidente profesamos por la juventud, la belleza, y todos los atributos que se asocian con la vida en un sentido amplio y pleno. Aunque la vejez y la madurez pueden conllevar sabiduría, todos somos conscientes del precio a pagar por esos beneficios. Declive, decadencia, decrepitud. Dolor. Mucho dolor.

              Mi padre, desde hace años, padece Parkinson. Le ha ido mermando su movilidad día a día, haciéndole desear la muerte. El dolor que le causa la enfermedad es cada día más atroz. Recientemente, a la hora de ir a dormir, hizo un gesto de rabia con las manos, que no pudo ser más elocuente. Además de estar sufriendo él, hace pocas semanas han diagnosticado un cáncer no terminal, por el momento, a mi madre. La situación en casa es dura, muy dura, y por desgracia pocos días después de este gesto de rabia, mi padre empeoró. Sus piernas finalmente no pudieron aguantar su peso y cayó desplomado, rompiéndose el tobillo izquierdo, que se le salió de la articulación, y fracturándose la pierna derecha. En estos momentos está recuperándose en un centro sociosanitario. Por desgracia, tendrá que pasar el resto de su vida en silla de ruedas. Y mi madre irá deteriorándose cada día más.

              He aquí la paradoja. Deseamos la vida, pero la vida nos lleva a experimentar cada día más el declive de nuestro cuerpo, y con ese dolor, en muchos casos, a desear la muerte. A desear el don de la muerte. Por lo que a mí respecta, amo la vida, seguramente mucho más que en la juventud, porque me he dado cuenta de lo preciosa y breve que es. Odio la muerte, y el mero pensamiento de saber que tengo que envejecer me produce una angustia que combato aferrándome a todo lo bueno que hay ahora mismo en mi vida: las buenas compañías de mis amigos, el placer de los libros, de los cómics, de las películas, de los paseos por la gloriosa Barcelona. Pero que el Universo me asista, rezo metafóricamente para que se acabe cuanto antes el dolor de mi padre, y que el de mi madre sea rápido, cuando llegue en su máxima crueldad.

              La vida es algo glorioso, pero la muerte hace que la maldiga.

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