(IN) GRATITUD

Hablar en pasado de ciertas personas que aun están vivas pero que ya no forman parte de tu vida, amigos queridos del pasado con los que se ha perdido el contacto, es siempre triste y doloroso. Pero mucho más cuando se les ha querido, cuando se ha compartido con ellos momentos de risas, de alegría, confidencias, sentimientos, vivencias, y todo eso quedó cortado de raíz por razones estúpidas y absurdas.

Es así con una amiga que tuve durante unos dos años. Era la persona que mejor escuchaba del mundo: la veías atenta, regalándote siempre una comprensión y una escucha que hacía que no me sintiese juzgado y sí comprendido. Los dos aspiramos a conseguir algo (signifique eso lo que signifique) en el mundo del teatro, ella como actriz, yo en diversos ámbitos. Mi sueño era que, en el futuro, ambos colaboraríamos muchas, muchas veces, incluso le di una lista de proyectos en los que quería trabajar con ella. El año pasado intenté poner en marcha un proyecto en el que ella sería una de las actrices. En un momento dado, y por whassap, porque las circunstancias fueron las que fueron, le recriminé una cosa que me dolía de ella. No fueron palabras gruesas, ni mucho menos, fueron una manera de decirle lo importante que era el proyecto para mí. Por desgracia, reaccionó mal, muy mal. Acto seguido, le dije que lo hablásemos en persona, que nos diéramos un abrazo y que pelillos a la mar, para entendernos. Los buenos amigos también se enfadan, y si hay madurez por ambas partes uno entiende que los malentendidos son eso, malentendidos, y que todos nos equivocamos. Y que por eso mismo, por ser falibles, no se trata de repartir culpas. Por desgracia, a día de hoy, casi un año después, sigo sin saber nada de ella. Nuestra relación terminó, así, como si nada, por una estupidez, por un malentendido, por su, para que vamos a negarlo, orgullo, del que nunca antes me había dado muestras.

El año pasado también conocí a una chica extranjera, interesada en el teatro, que me pidió ayuda para venir a pasar unos meses a España. Me cayó muy bien, es una chica muy culta, aparentemente simpática. La ayudé, ella vino aquí y hoy, cuando está a punto de regresar a su país, casi seis meses después, sigo sin saber nada de ella. A pesar de mis iniciales y reiteradas peticiones para encontrarnos y hacer un café, no me ha devuelto los mensajes. Incluso yo le pedí ayuda en un tema y se me sacó de encima con excusas. La imagino feliz y contenta de estar disfrutando de su estancia en Cataluña, ajena por completo a mi existencia. Me ha utilizado como no me habían utilizado nunca, y el pago ha sido el olvido y la indiferencia.

Dijo Matthew Macconaughey, en su discurso de aceptación del Oscar hace unos años, que “es un hecho científicamente comprobado que demostrar gratitud hace que esta se te devuelva”. Durante los últimos años yo también he creído que amar a la gente, expresarles mi aprecio, ayudarla, ser grato, hacía que ese amor y gratitud se me devolviera. Me sentí querido por la amiga de la que hablo al principio, y me sentí muy feliz. Pero lo sucedido con ella me ha hecho cambiar de opinión. Y con la chica extranjera, por supuesto. Si alguna vez la vuelvo a ver, no será un encuentro agradable para nadie, porque odio los enfrentamientos y las tensiones. También me han hecho cambiar de opinión otras experiencias del año pasado. Ha sido un año horrible, en lo personal y lo físico: he perdido amistad tras amistad, la gratitud y aprecio que les mostré a todos ellos ha caído en saco roto. Unos por orgullo, otros por fanatismo político, siempre por desidia y indiferencia. En un caso concreto, tendí la mano a una escritora que se llena la boca escribiendo con mucha sensibilidad y aparente humanidad, y me hizo la cobra, para ser claros. Pareciera que el aprecio que les tenía a todos, a cada uno a su manera, fue un espejismo para ellos, algo barato, desechable, no merecedor de la reciprocidad. Algo menos que insignificante. Uno entiende que la vida es tránsito, pero la ingratitud hace del tránsito un trago amargo. Es por ello que las palabras de Macconaughey me parecen poco menos que una broma. El mundo en el que vivimos está lleno de gente egoísta, ingrata, desconsiderada, aunque todos nos llenemos la boca diciendo que se debe querer al prójimo y debemos abrazarnos por las calles y besarnos, y que nos quejemos de que la humanidad va mal sin contribuir con la gratitud a hacerla un poco mejor.  Somos muchas veces profundamente hipócritas, ansiamos el amor de los demás pero solo si nos puede reportar un beneficio, una utilidad, y cuando esa utilidad caduca, también caduca la amistad, o lo que creíamos amistad.

Javier Marías habla de esto en su columna de hace unos días (1). Cuando la leí, pensé, “Aleluya, menos mal que alguien lo dice por fin a las claras”. No sentí alegría cuando lo leí, sino mucha tristeza, aunque al mismo tiempo, de una manera extraña, me sentí comprendido y reconocido, y aliviado, porque constaté que mis impresiones sobre la gente no eran una paranoia ni eran fruto de nada que estuviese mal en mi interior. Ya dije hace unos días aquí mismo que soy consciente de mis defectos, pero válgame Dios (yo que soy ateo), que si algo tengo es un corazón enorme y quiero a las personas.

He expresado este sentimiento de amargura en muchas ocasiones, siempre con la voluntad de echar de una vez por todas al cementerio de las buenas intenciones mi preocupación por los demás, mi insensata “bondad” para con las personas que aprecio. Dije que mi corazón se convertiría en piedra. Pero soy como el escorpión de la fábula, está en mi naturaleza ser bondadoso. Lo que sí ha cambiado gracias a todo lo vivido en el último año es mi dependencia de los demás. Lo más sano en esta vida, aunque cueste, es decir adiós a la gente que, una y otra vez, no muestra reciprocidad, y uno debe quedarse siempre con las personas buenas y válidas, que aun existen. Doy gracias a la vida por esto último: por mis amigas Nausica y Diana, y por una mujer maravillosa de melena leonina y negra como el azabache que he conocido recientemente: gente bondadosa, alegre, llena de virtudes, que me hace feliz con su presencia y su voz, que me escuchan y las que escucho y me llenan de riqueza espiritual. Ellos, y mi amor por la cultura y la creación artística, hacen que la vida valga la pena. Pero la tristeza de perder a los que fueron buenos amigos por motivos estúpidos, esa tristeza creo que siempre estará ahí. Y por desgracia, creo que cada vez me va a costar más confiar en las personas.

http://(1) https://elpais.com/elpais/2018/01/08/eps/1515434758_291029.html

 

 

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