LA FORMA DEL AGUA

LA FORMA DE LA NADA.

Vaya por delante que siempre he pensado que el gusto cinematográfico (o artístico, en general) es algo totalmente personal e intransferible, y que todos tenemos derecho a nuestra opinión. Pero sería digno de analizar qué mecanismos y que factores intervienen periódicamente para que se produzca un aparente consenso crítico que entroniza o defenestra ciertas obras culturales.

En el caso de La forma del agua, la película venía precedida de loas y premios por doquier, ganados en festivales de cine de supuesto prestigio y otorgados por críticos que, como todo el mundo sabe, son más sabios y doctos que el común de los mortales, y por tanto su opinión tiene el valor de lo sagrado, otorgada dicha sacralidad por una ciencia infusa ganada en base a no se sabe muy bien qué. De tal modo que uno acude al cine esperando ver poco menos que la reinvención del pan en molde y la rueda, y con la sensación de que le están imponiendo un criterio casi moral, amén de estético, y de que si al acabar la proyección, a uno no le ha gustado lo que ha visto, tendrá que pedir perdón por su supina ignorancia y mal gusto. Hablando claro, uno sale del cine pensando si sus facultades mentales se han visto mermadas. Si, en resumen, uno se ha vuelto imbécil.

En el runrún mediático de los últimos meses se habían barajado adjetivos grandilocuentes para referirse a esta película: magnífica, obra maestra, gran poderío visual, maravillosa, profunda.

La academia de Hollywood le dio los premios a mejor película y mejor director. Y nada hay más pontificio que los premios de la Academia. O sea que uno, válgame Dios, se siente un hereje de la peor especie cuando, tras haber visto la película, no puede más que pensar en adjetivos antónimos a los antes citados. Porque a mí, que quieren que les diga, la película le ha parecido de una pobreza argumental impresionante, con un guión esquemático, raquítico, previsible, ñoño, con unos personajes unidimensionales sin ninguna profundidad psicológica, e inverosímil en grado superlativo. Y de ritmo mortalmente aburrido.

Guillermo del Toro ha querido elaborar una fábula al viejo estilo, un cuento de hadas moderno, pese a estar ambientado en los años 60, una reelaboración de La bella y la bestia y La mujer y el monstruo, y un homenaje al cine clásico. Intenciones muy loables, faltaría más, pero la ejecución hace aguas por todas partes.

Para empezar, los personajes principales tienen la profundidad del canto de un folio: no sabemos de dónde vienen, qué les ha hecho ser como son, porque están donde están. Son personajes esquemáticos como una figura geométrica cualquiera: la chica muda, sosa y tonta como una colegiala, (ya me perdonarán, pero Sally Hawkins no es tierna, es, para mi gusto, tontísima) un supuesta princesa marginada a la que dan ganas de pegarle de hostias (sin perdón). Sigamos: el malo maloso, una caricatura pura y dura, odia al bicho acuático porqué este le arrancó dos dedos de cuajo de un mordisco, y exhibe un comportamiento sádico como el de los peores villanos Jamesbondianos. Casi se diría que es malo por serlo, sin una auténtica razón moral. Su desdén hacia el servicio de limpieza, su racismo, se puede interpretar como un comentario por parte del director aparentemente crítico con la sociedad de la época, pero su puerilidad es insultante: para decirme que la gente odiaba a los negros, pues oiga, para ese viaje se necesitan alforjas de más peso (léase, una profundidad psicológica que aquí brilla por su ausencia). El científico de buen corazón, la amiga de la protagonista de buen corazón, el vejete de buen corazón (que es homosexual, para que el director, again, critique la homofobia de la época), el militar desalmado, los rusos que, ¡cáspita!, deciden no apropiarse de un descubrimiento que revolucionaría la sociedad y los colocaría a la vanguardia de la investigación científica (y los americanos otro tanto)… Todo es tan previsible y simplón (ese número musical en blanco y negro que haría sonrojar al más cursi de los cursis) y tan conveniente (todo pasa por qué tiene que pasar, de manera impostada), que uno no puede sino asistir atónito a lo narrado. Guillermo del Toro quiere llevar la fábula hasta el extremo, pasándose por el arco de triunfo la verosimilitud y la suspensión del descreimiento: Sorry, folks, pero no hay quién se crea que una humana se enamoraría de ese monstruo (no hay construcción previa, ni un motivo real, más allá de que es una bestia maltratada y muda), y mucho menos que se aparearía con semejante engendro. Bestialismo al canto, y escalofrío de asco por la espalda de servidor. Por no hablar de que su amiga acepta el hecho como si nada. Por no hablar de que el bicho campa a sus anchas por la calle y entra en un cine que no tiene acomodador. Por no hablar de la subtrama del viejete artista que no conduce a ninguna parte. Por no hablar de que una empleada de la limpieza entra y sale como Pedro por su casa del laboratorio donde tienen al bicho. Por no hablar de… Podría estar así horas y horas.

Mención aparte el hecho de que se supone que la película tendría que emocionarnos, y si no lo hace, es que debemos ser más insensibles que Donald Trump (que ya es decir). Pues lo que es yo, no he conectado en ningún momento, ni me he emocionado, ni ná de ná. El intento de manipulación emocional del espectador fracasa estrepitosamente.

En fine, que entre los halagos inmerecidos y snobs de la crítica, los premios cada vez menos prestigiosos de la academia (el año pasado le dieron el Oscar a una película bastante mediocre, y tenían como favorita a otro producto macburger. Este año tenían a una película, esta sí, magnífica, Tres anuncios en las afueras, y han decidido dársela a esta tontería) y el inmerecido endiosamiento como visionario de un director que ha tenido muchos mejores días, uno se pregunta si el arte cinematográfico no se estará banalizando sin posibilidad de vuelta atrás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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