CASTLEVANIA, TEMPORADAS 1 Y 2

DRÁCULA ESTÁ TRISTE, ¿QUÉ TENDRÁ DRÁCULA?

Nunca he sido un aficionado a los videojuegos, solo un consumidor esporádico. De modo que no tenía ni idea de qué juego era Castlevania (y continuo sin saberlo). Pero la revolución Netflix es lo que tiene, que da visibilidad a un número tan grande de productos culturales arcanos (o no tan arcanos) que, inevitablemente, llegó a mis oídos y mis ojos. Y me interesó casi inmediatamente. El personaje de Drácula es uno de los grandes personajes de la historia de la literatura, un ser mítico que popularizó para siempre la figura del vampiro. Y sus iteraciones en los medios son a día de hoy innumerables, cada una de ellas con su correspondiente visión artística (hasta la más cutre se puede considerar una visión artística).

Actualmente vivimos la época de la psicologización y humanización de las figuras de ficción, en cualquier medio de expresión. Y en Castlevania sus creadores no han podido sustraerse a este signo de los tiempos. No querían hacer de Drácula un villano de una pieza, un malvado cuyo único motor vital fuese la destrucción y el saciamiento, un arquetipo de una pieza. Han querido convertir al monstruo en un ser atormentado y con capas. Intención loable, pero lo han logrado, en mi opinión, solo a medias, quitandole gran parte de su fuerza como personaje poderoso, épico y carismático.

El inicio de la serie es bastante prometedor. Una mujer va a buscar a Drácula, un ser mítico poseedor de una sabiduría ancestral y le convence para que le enseñe ese conocimiento a ella para beneficio de la humanidad. La Bella enamora a la Bestia y esta, a pesar de albergar un gran recelo contra la Humanidad, vence su aislamiento y bajo el consejo de su esposa sale a ver mundo. En definitiva, el sueño húmedo de muchas mujeres que albergan la fantasía de rehabilitar al malote con su bondad y afecto aparentemente se cumple.

Prosigue un interesante cuestionamiento de los límites entre el Bien y el Mal. La Iglesia quema a la mujer por bruja, y Drácula declara su guerra a la Humanidad desatando literalmente el infierno sobre la Tierra. La Iglesia, la representante de Dios en la Tierra, y por tanto del Bien, es la auténtica malvada, aspecto que en un momento dado uno de los propios demonios de Drácula verbaliza en su enfrentamiento con el obispo maligno. Y que se sugiere visualmente cuando vemos que las manos del obeso arzobispo son exactamente iguales a las de Drácula (y el hecho que sea obeso no es baladí, es un comentario sobre la opulencia de la Iglesia que oprime a sus vasallos aún cuando dice servirlos).

De manera que se dota a Drácula de unas emociones muy humanas, y el espectador realmente empatiza con ellas (o al menos yo lo hice). Su odio contra la Humanidad es muy comprensible, que levante la mano quien no ha tenido sentimientos parecidos cuando le han hecho daño. Este tropo narrativo, el del malvado que odia a la Humanidad y decide purificarla para empezar de nuevo mediante el genocidio se ha utilizado a estas alturas en muchas ocasiones (por lo pronto, me vienen a la memoria Batman Begins y The Dark Knight Rises, y las últimas entregas de la saga Misión Imposible). Y en la segunda temporada se profundiza en esta idea mediante los interesantes personajes de Héctor e Isaac.

Y claro está, para vencer a un villano se necesita a un héroe. En este caso, un héroe a su pesar: Trevor Belmont, un muchachote alcoholizado con motivos sobrados para odiar a la Iglesia, pero con un corazón de oro. En su lucha contra las huestes de Drácula se aliará con Sypha Belnades, miembro de la comunidad de los Hablantes (12, como los apóstoles), y con el propio hijo de Drácula, Alucard.

La primera temporada se siente casi como un prólogo a una historia más grande, solo son cuatro episodios que se hacen excesivamente breves.

La segunda temporada, más larga, ahonda en los conflictos entre el Bien y el Mal, profundizando en ellos mediante las figuras de Héctor e Isaac, los dos maestros forjadores, con motivos sobrados para desear el exterminio de la Humanidad. Probablemente no sea casual que uno sea blanco (Héctor) y el otro negro (Isaac), puesto que aún teniendo el mismo objetivo, ambos se entreguen a él de manera muy diferente: uno albergando dudas y siendo partidario de un asesinato en masa piadoso, sin hacer sufrir a las víctimas humanas, y el otro abrazando una determinación más fiera y sangrienta. A ambos se les dan también motivaciones ligeramente diferentes: uno se siente más a gusto socializando con animales, a los que considera más nobles y puros que los humanos, y el otro albergando un odio profundo ante la bestialidad con la que estos le trataron. Matices que enriquecen a los personajes y a la narración.

Por otro lado tenemos a Carmilla, la femme fatale sin matices, de una pieza, sedienta de sangre y de poder (literalmente) y a Godbrand, un sádico bastante descerebrado que disfruta matando al ganado humano, como los denomina. Carmilla es el Mal sin paliativos, también otro sueño húmedo, esta vez masculino, y Godbrand viene a ser como la manifestación sin paliativos de nuestros instintos primarios. Pero lo que tiene una de atrayente lo tiene el otro de repulsivo: Godbrand es un personaje desagradable, un buscapleitos molesto, como le denomina el propio Drácula, y hasta cierto punto uno no puede menos que aplaudir su destino en la serie.

También resulta interesante, pero menos, el desarrollo de la relación entre Trevor, Sypha y Alucard. Gracias a Dios no se agua a los personajes haciendo que sean amantes, estamos lejos del tópico, en este sentido. Por otro, se moderniza quizá en extremo la relación entre Alucard y Trevor, convirtiéndolos en algo así como los dos integrantes de una “Buddy movie” holywoodiense que se pasan el día lanzándose puyitas infantiles (aunque sin sobrecargar las tintas, por suerte). No será hasta el final de esta segunda temporada cuando se enfatize la humanización y el psicologismo de Alucard, ahondando en la relación con su padre, aunque por desgracia, se hace echando mano de un sentimentalismo ridículo que, esta vez sí, acerca la narración a los peores estilemas de los dramas sentimentaloides americanos.

Y por último, el gran ausente que no debería serlo: Drácula. Si en la primera temporada apenas hace acto de presencia, haciéndose hincapié en el trío de héroes y el malvado Obispo, aquí se lo convierte en un personaje sumamente débil, sin grandeza ni energía, optando por humanizarlo por la vía equivocada. Porque digo yo, ¿está reñida la humanización del monstruo con mantener su grandeza y épica, que las tiene a raudales? El Príncipe de las Tinieblas queda reducido a el Príncipe de los lloriqueos, prácticamente. En los primeros capítulos Carmilla lo cuestiona delante de sus súbditos y Drácula, en lugar de demostrar quien lleva los pantalones en casa, se retira apesadumbrado a sus aposentos a deprimirse por la pérdida de su amada. Depresión que arrastra toda esta segunda temporada. Menudo líder. La verdad es que me daban ganas de meterme en ese castillo y decirle: ¿Qué eres tu, un vampiro o un ratón?. Es un debilitamiento del personaje tan grande que debilita la misma épica de la narración, que se deja en manos de la todopoderosa Carmilla, que teje y desteje sus conspiraciones de aire Shakespiriano mientras el Rey, como digo, se queda lloriqueando en su habitación. Solo le falta un oso de peluche al que abrazar y… créanme, ¡dicho oso de peluche acaba apareciendo en los compases finales de esta segunda temporada!

El capítulo siete lleva a su resolución gran parte de las tramas planteadas, en unas escenas dotadas de una espectacularidad impresionante (aunque esa bola de fuego que hace su aparición parece más sacada de un capítulo cualquiera de Bola de Dragón que otra cosa). Por desgracia, se resuelve con un sentimentalismo que no es que bordee el ridículo, sino que lo abraza abiertamente. No voy a hacer spoiler, pero… perplejito me quedé y dije: “Really? ¡No fastidies!”. Un auténtico insulto al personaje de Drácula que no se merecía.

El capítulo final es una especie de epílogo/preámbulo a lo que hemos visto y a lo que está por ver (se ha dado luz verde a una tercera temporada). Se plantean situaciones muy interesantes, que nos dejan con avidez no de sangre sino de nuevos capítulos. En cuanto a la escena final, corramos un tupido velo porque casi que da vergüenza ver lo que se acaba haciendo con otro de los personajes.

Por último, mencionar el apartado visual, que es magnífico, sensual, esplendoroso, con unas escenas de acciones memorables, en su mayor parte, y unos monstruos imponentes, terroríficos e imaginativos (que en sus enfrentamientos en la segunda temporada con los héroes, atacan, claro está, de uno en uno, aún yendo en grupo. ¡A ver si alguien se decide a subvertir este tropo de una vez!). Lástima que se utilizen más bien poco. Y también cabe mencionar la apuesta por el gore más desenfrenado y el lenguaje soez, aspectos estos muy realistas (aunque parezca una contradicción) y que por una vez tienen su razón de ser (padres y madres, es una serie extremadamente adulta, vayan con cuidado).

En definitiva, una serie muy recomendable, lastrada por la caracterización del personaje que debería ser el protagonista y la brevedad de los capítulos, pero con muy adultas reflexiones sobre el Bien y el Mal y escenas épicas grandiosas.

 

CURIOSIDADES

 

-En 2007 se asignó al escritor de cómics y guionista Warren Ellis la escritura de una adaptación del juego a un largometraje animado de 80 minutos. Ellis consideró que no podía desarrollar sus ideas en un solo largometraje e ideó la historia como una trilogía. La primera parte constituye la primera temporada, las segunda y tercera, la segunda.

 

-La serie adapta, hasta el momento, elementos de los videojuegos Castlevania III: Dracula’s Curse y Castlevania: Symphony of the Night.

 

-Carmilla lleva el nombre de la vampira protagonista de la novela Carmilla de J. Sheridan Lefanu, de 1872.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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