TERAPIA LECTORA

Hace poco, probablemente mientras yacía relajado en la cama escuchando música, o quizás ensimismado en mis preocupaciones, la verdad es que no lo recuerdo, empecé a pensar sobre el valor terapeútico de la cultura, más concretamente de los libros. Todos, supongo, hemos oído hablar muchas veces de la escritura terapéutica: de cómo el hecho de escribir puede aliviar y en ocasiones incluso curar (aunque en este último caso mi postura es más bien escéptica, puesto que uno no se cura jamás de todas sus dolencias, si acaso las acepta y las transforma y las convierte en algo positivo o productivo). Actualmente, hay academias y escuelas de escritura que hacen cursos específicos de escritura terapéutica, y siento curiosidad por saber las técnicas y las metodologías que emplean. Pero sea como fuere, yo ya he emprendido mi propio camino de escritura terapéutica personal y intransferible, y es algo que recomiendo a todo el mundo. Si sentís que estáis desordenados por dentro, escribid, y veréis que sin planearlo llegarán aires de feng-shui emocional a vuestra vida y os sentiréis mucho mejor.

Mi mente, inquieta como un niño con TDAH, hiló los mencionados pensamientos, y me llevó a reflexionar sobre el posible efecto terapéutico de la lectura. No en un sentido estrictamente médico, sino metafórico, claro está. Pensé en cómo no solo lal ectura, sino el cine, la televisión, el cómic, la música, habían influenciado mi vida, y en hasta qué punto yo era la suma de mi consumo cultural, por así decirlo. Y ciertamente, he llegado a la conclusión que sin la cultura no sería quién soy, ni de lejos.

Antes usaba la palabra “desordenado”, para referirme a ese estado del alma que uno no sabe nunca como definir: esa ansiedad y desconcierto vital, esa angustia ante el sinsentido del mundo, pero tambien esa alegría desbordante y efímera (por desgracia en esta vida la alegría es siempre mucho más breve que la tristeza), esas explosiones de luz que a uno le llenan de repente cuando la naturaleza o las personas exhiben su mejor cara y acarician los pliegues más escondidos de su espíritu, elévandolo benéficamente a altitudes celestiales. Y así como la escritura puede contribuir a ordenar las habitaciones ensuciadas por la vida, la lectura, la cultura en general, también puede echar una mano en ese contínuo ordenamiento del ser. Resulta especialmente útil para todo aquellos que se creen sin talento para la escritura, para los que se ven incapaces de hilar una historia íntima que dé salida a sus inquietudes y angustias. Y para los que tenemos la osadía de emprender el áspero y difícil camino del desenmarañamiento de la infinita vida, la lectura es un soporte maravilloso que alimenta esas ansias creativas: en los libros de los grandes y de los pequeños autores, encontramos contínuamente palabras que se mezclan con nuestros pensamientos, haciéndolos más ricos, más veraces, más profundos.

Vivimos en una sociedad en la que, aparentemente, se valora muy poco la cultura, o en la que, si se quiere, se consume con una voracidad y rapidez que imposibilitan la asimilación de verdaderas enseñanzas (entraríamos en el debate de qué es cultura y qué no lo es, pero las disquisiciones sobre cultura highbrow, middlebrow y lowbrow, las dejo para otro momento). Pero de lo que me cabe muy poca duda es de que el ser humano es un ser fascinado por las historias (ergo, por la cultura): de pequeños, a todos nos entusiasmaba escucharlas, verlas en televisión o en el cine. Incluso a los más lerdos. A todos nos gustaba soñar con cosas imposibles, trascender nuestra propia condición, vernos reflejados en vidas imaginarias e irreales. Todo esto, claro está, de manera inconsciente, no verbalizada. Con el tiempo, por desgracia, muchas personas abandonan el placer de atender a estas narraciones, vaya usted a saber por qué.  Los seres humanos nos hacemos adultos y abandonamos demasiado a menudo la capacidad de asombro que teníamos de niños, las necesidades prácticas y materiales vencen a nuestra curiosidad, y en el proceso abandonamos la posibilidad de llevar vidas más ricas y de aprender a través de la cultura, forjada por toda clase de hombres y mujeres que tuvieron la osadía de vencer el miedo a examinar sus almas y ofrecer el regalo de sus introspecciones al mundo.

Por fortuna, y de manera inconsciente, algunos de nosotros nunca hemos perdido esa curiosidad y capacidad de asombro por la vida. Quizás es ahora, cuando he adquirido una cierta osadía para explorar mi alma mediante la escritura, que me doy cuenta de hasta qué punto la cultura me ha hecho ser quién soy: son innumerables los momentos de solaz que me han dado los libros y las películas, el confort y la tranquilidad que me han dado las peripecias de los seres imaginados que habitan las ficciones. Porque en las ficciones me he visto reconocido y acompañado: la cultura es el depositario del alma humana, el instrumento humano más precioso que nos hace ver que los humanos no estamos nunca solos en nuestras desesperaciones y alegrías grandes y pequeñas.

Es una locura maravillosa, a poco que uno lo piense: yo me he visto reflejado en el desconcierto del Holden Caulfield de El guardián entre el centeno; he deseado “milagros imposibles”, el retorno de la persona amada, como el protagonista de Solaris; el impulso suicida de Hamlet, los celos de Otelo, el desos y la lujuria de Romeo y Julieta; he visto que las personas podemos cambiar si creen en nosotros, como uno de los personajes de una reciente película (de la que no diré el nombre para hacer spoilers), cuál Pablo de Tarso cegado por el amor divino; he deseado experiencias de comunión con el universo, como el austronauta de 2001, una odisea del espacio; he deseado sentirme invencible y heróico, como Superman; he tenido impulsos homicidas, rabia, frustración, sed de justicia, he desado poder ser injusto con alguien y no pagar las consecuencias, como tantos y tantos héroes y antihéroes de tantos y tantos libros y películas. Miles de frases e imágenes literarias y cinematográficas forman parte de mi alma, y sí, han sido terapéuticas, balsámicas, benéficas. En momentos oscuros la lectura y las reflexiones de escritores más sabios y lúcidos (aunque solo lo hayan sido ocasionalmente) me han ayudado a transitar mis miserias y soledades. La cultura me ha dicho de dónde vengo, quién soy y a vivir la vida con más intensidad. Me ha enseñado la posibilidad de ir hasta dónde la osadía y mi talento me lo permita. (También las personas reales, claro está, pero de eso hablaré otro día)

Finalmente, es esta bendita inquietud y curiosidad la que me ha hecho descubrir hoy que existe una disciplina real llamada biblioterapia: la terapia y sanación a través de los libros (y no, no es una pseudociencia en absoluto, créanme, que yo soy ateo y escéptico). De ello habla Carmen Grau en este post (1), y recomiendo que todo aquel al que mi escrito le haya despertado curiosidad, vaya y consulte en Amazon los libros citados en su post. Se encontrará, posiblemente, con una grata sorpresa.

 

(1) https://www.zendalibros.com/la-literatura-terapia/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquesta entrada s'ha publicat dins de Reflexions i etiquetada amb , , , . Afegiu a les adreces d'interès l'enllaç permanent.

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà.