CHESIL BEACH

MIEDO AL SEXO

Ian McEwan. Uno de esos nombres que a uno le suenan, no sabe exactamente de qué, y al que, válgame Dios, un servidor no tenía intención de acercarse en la vida, porque hay cientos y cientos de otros escritores que me llamaban la atención. Craso error, subsanado por el, en este caso, bendito azar. El año pasado hice un curso de narrativa profesional, y nos hicieron leer este libro. Y fue un hallazgo mayúsculo, descomunal.

Ian McEwan, escritor británico, que acaba de cumplir 69 años. Autor del libro en el que se basó una película de una cierta fama, Expiación. Y mira tú por dónde, yo había visto dos adaptaciones de dos de sus obras, El placer de los extraños, y El inocente, aunque el recuerdo es borroso hasta casi la invisibilidad. Y ahora me topo con Chesil Beach. Y leo uno de los inicios más memorables de la historia de la literatura. Juzguen ustedes mismos:

“Eran jóvenes, instruidos, y los dos eran vírgenes en esta, su noche de bodas, y vivían en una época en la que tener una conversación sobre dificultades sexuales era sencillamente imposible. Aunque nunca es fácil”. Un inicio sobrio, elegante, profundo, sugerente. Y con una sonoridad no sé si buscada adrede, pero en cualquier caso maravillosa.

La novela narra la noche de bodas de dos jóvenes, Florence y Edward, en un hostal en la playa de Chesil, y la alterna con flashbacks que nos cuentan la vida de estos dos jóvenes. La acción transcurre en julio de 1962, una época en la que, al parecer, no se vivía la sexualidad de la misma manera que se empezaría a vivir a finales de esa misma década: si a partir del 69 la sociedad inglesa se liberó de sus corsés morales, dando paso a la experimentación, al amor libre, a una concepción más abierta del amor (eso en teoría, porque a la liberación de la mujer aún le quedaban décadas por recorrer, y aún le quedan), a principios de los sesenta dominaba el miedo, la sumisión de la mujer, el reparo moral, la mojigatería, una concepción del sexo escasamente gozosa: venía a ser una especie de trámite con un solo objetivo, la procreación.

Unamos todo esto las diferencias de clase, y las tragedias personales de ambos miembros de la pareja: Edward es de clase media-baja, tiene una madre medio demente a raíz de un suceso desafortunado; y Florence es de clase acomodada, su vida es la música, no hay casi lugar para el amor. Y sin embargo, estas dos personas de clases tan opuestas se conocen y se casan. Pero sus ideas sobre el sexo y su juventud hacen que el miedo les domine, más a ella que a él. Edward teme la reacción de ella cuando intente consumar, y ella, digamos que se resiste a la consumación.

Parecería que una noche de bodas no da para una narración muy larga, como de hecho es así. Pero el endiablado talento de McEwan para narrarnos ese momento crucial que les cambiará la vida a los dos es prodigioso: usa 28 páginas para explicarnos cómo los dos se van a la cama (con alguna que otra fuga a eventos del pasado). 28. Y el gran mérito de este escritor es que nos tiene durante esas 28 páginas al borde de la catalepsia nerviosa (como dijo un conocido, yo creo que McEwan sería capaz de narrar como un caracol se come una hoja y tenernos a todos con el alma en vilo). Al menos a mí, me produjo una tensión solo comparable a las mejores escenas de una película de suspense de Hitchcok, pongamos. Me vinieron ganas de pegarles dos hostias (con sin perdón) a los dos protagonistas, y gritar: ¡Hacedlo ya!. Y el desenlace, que uno ya intuye negativo es absolutamente brutal para ambos, y les cambiará la vida. Aunque los motivos por los que eso es así dan para mucho, mucho que hablar (yo particularmente no estoy muy de acuerdo con el que se supone que es el mensaje principal de la novela).

En el susodicho curso la profesora argumentaba que era una novela sobre la incomunicación en la pareja. Yo creo que no, que es más bien una novela sobre el miedo al sexo, más que a la incomunicación. A parte de un retrato de esa época, aunque ese fue quizás el aspecto de la novela que menos me atrajo.

Y el estilo… sobrio, como decía, sugerente, ambiguo, (nunca llegamos a saber qué le sucedió realmente a ella para que tuviera ese miedo al sexo. Se sugiere, en una escena en un barco, pero no se llega a saber nunca con certeza, y ahí está la gracia: nos habla de como el recuerdo que tenemos de nuestro pasado es muchas veces incierto y con una textura cercana al sueño), riquísimo en matices y en la profundidad psicológica, con unas reflexiones realmente potentes e inteligentísimas. Y además, McEwan va cambiando constantemente el punto de vista (ahora él, ahora ella) sin que se noten nunca las transiciones, cosa harto difícil de hacer, como sabrán los que hayan intentado alguna vez escribir cosas semejantes.

En fin, un gran hallazgo. Poco después leí otra novela suya, La ley del menor, que comentaré en su momento, y me reafirmo: McEwan es un escritor prodigioso, el muy jodío (con sus defectos, claro está, no hay nadie perfecto. El tramo final de Chesil Beach es, cuanto menos, frustrante para el lector, me atrevería a decir que lo deja perplejo, y hasta aquí puedo escribir). No hay derecho que alguien escriba tan bien. Hace que me sienta, como literato en ciernes, muy pequeñito.

Chesil Beach, de Ian McEwan.

Editorial Anagrama

192 págs.

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