NO TE PASES (DE FRENADA)

¿Hay algún sociólogo en la sala? Lo digo porque alguien tendría que explicarme cómo hemos llegado a los niveles de intolerancia y extremismo que se dan en nuestra sociedad en casi todos los ámbitos. Si es culpa de la educación, de los medios de comunicación, del ágora pública que es Internet que permite (y bien está que sea así) la opinión de documentados e indocumentados (ya me entienden) o de algo más profundo que me veo incapaz de calibrar, si es culpa de todo esto, digo, habría que hacer desde ya un esfuerzo entre todos para intentar diagnosticar y remediar la toxicidad que se respira a todas horas en la sociedad actual.

Hoy me ha sucedido una cosa realmente increíble, por inesperada, algo que me ha dejado perplejo, y profundamente conmocionado. Esta tarde me he encontrado con una conocida a la que hacía unos tres meses que no veía, alguien a quién en el pasado le demostré mi afecto de manera explícita. Alguien que el día que la conocí en persona me produjo una impresión magnífica, como pocas personas en la vida me habían producido, y así se lo hice saber, a ella y al mundo. Nunca se convirtió en una amiga, más bien en una amistad, o mejor aún, en una conocida. Hace pocos dias le envié un mensaje por las redes sociales, en privado, y no me contestó. Nada importante, pero yo siempre espero de la gente un mínimo de cortesía, una respuesta, por breve que sea, que dé muestras de que se ha leído el mensaje y que, de alguna manera, se aprecia el detalle y el interés. Hoy, al verla, a modo de broma, he ido a hacerle un “cachetito” afectuoso en la cara reprochándole que no me había contestado el mensaje. No he llegado ni a tocarle la mejilla, cuando me ha mirado de manera muy agresiva y me ha dicho: “Eso, ni en broma”.  ¡¡¡Glups!!! La respuesta ante un gesto que yo considero nada más que cariñoso me ha dejado estupefacto y, como digo, profundamente alterado.

Hace pocos días Javier Marías, en su columna en El País semanal (1) comentó los niveles de susceptibilidad a los que se está llegando en las relaciones entre hombres y mujeres. En el mismo sentido, Liam Neeson comentó en una entrevista (2) que, en el caso de los acosos sexuales a mujeres en Hollywood se estaba haciendo una caza de brujas, y parece ser que le cayeron palos de todas partes. Y para ilustrarlo explicó el caso de una persona que hizo un gesto totalmente involuntario y cariñoso, como el mío, a una amiga, y esta le dijo que no tenía importancia para, al cabo de unos meses, acusarlo de “conducta inapropiada”, abogado mediante. Precisamente ayer por la mañana comentaba esto con mi padre, que tiene 82 años, y ambos conveníamos que las cosas habían oscilado en los últimos años de una permisividad intolerable y denunciable a una intolerancia extrema, radical, que no hace otra cosa que envenenar los debates sobre muchos temas, que, creo yo, deberíamos ser capaces de discutir sosegada y calmadamente.

Nos hemos convertido en una sociedad de talibanes: las opiniones de los demás no cuentan, sólo las propias, y ay del que se atreva a rebatírnoslas; hemos desterrado la escucha, la paciencia, el buen humor, la ponderación, y con ello la cordialidad y la convivencia. En todos los ámbitos la gente, con la sensibilidad a flor de piel, se siente ofendida como si todo lo que dijesen los otros tuviera que ver con ellos, aun cuando en muchos casos no se haga la mínima mención a su ideología, género, condición o nacionalidad. Hace poco una amiga compartió un chiste que circula por las redes sobre la virtualidad de las relaciones amorosas. Una conocida de mi amiga, a la que no se mencionaba ni directa ni indirectamente, creyó que el chiste se burlaba de ella. De psiquiatra, vamos.

Algo está profundamente torcido y equivocado cuando un gesto afectuoso, claramente hecho sin malicia ni mala fe, se equipara a una agresión de género, simplemente por el hecho de hacerlo un hombre. Parece ser que, una vez más, el aprecio pasado que mostré por esa persona, los gestos de afecto, pequeños pero que deberían ser significativos, se olvidan por completo, no se valoran, y la ideología pasa por encima de cualquier consideración. Parece ser que los hombres, por el hecho de serlo, de un tiempo a esta parte tenemos que pedir disculpas por el simple hecho de existir. Pues oigan, nadie tiene derecho a juzgar ni a menospreciar a nadie por su color de piel, nacionalidad, orientación sexual ni género, ni se le puede atribuir una intencionalidad concreta por el simple hecho de tener esos atributos. ¿No queremos igualdad? Pues no vayamos pregonándola mientras le quitamos derechos a los demás.

El incidente fue tan desagradable para mí, que aun en el momento de escribir estas líneas, me continúa afectando. Que yo, que prácticamente nunca establezco contacto físico ni siquiera con mis mejores amigos, y que nunca se me ocurriría realizar el gesto que hice con nadie con quien no tuviera relación personal, tenga que encontrarme con estas reacciones, es profundamente amargo y doloroso. Como dice mi padre, esto me demuestra que a las personas no se las puede conocer nunca. Lo terrible de estas actitudes es que envenenan las relaciones personales, generan miedo, coartan la espontaneidad y la cordialidad, que se supone debería ser una de las herramientas más potentes de cohesión social. Y aun más, se genera aislacionismo y alienación, individualismo y egolatría, y se lanza a la basura, una vez más, la gratitud. Cuando se reacciona así, se coarta la libertad de todos, y se demuestra que vivimos en una sociedad sin sentido del humor y profundamente reaccionaria. Y a mí, lo políticamente correcto, el talibanismo, el extremismo y radicalismo, sea en el ámbito que sea, me parece un síntoma de enfermedad social y de inseguridad, y por desgracia todos pagamos el precio.

(Mucho me temo que me van a caer chuzos de punta por lo que he dicho, pero eso refuerza mi tesis como no podría hacerlo otra cosa)

 

(1) https://elpais.com/elpais/2017/11/19/eps/1511046343_151104.html

(2) https://www.youtube.com/watch?v=vGriKA7i8Oc

 

 

 

 

 

 

 

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